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El valor de la palabra.


No sé si hay algo más humano que el poder hablar. Los que me conocen saben que me gusta charlar. Cuando hablamos somos creadores de lo que decimos y a la vez reconocidos por lo que expresamos. Hablar no es otra cosa que el poner palabras a lo que vivimos, a lo que pensamos, a lo que sentimos, y compartirlo a otro. (Nada más y nada menos) Poner palabras a nuestras vivencias. ¡Que tarea difícil!





Las palabras son una verdadera arma de doble filo: pueden sanar y pueden lastimar en el mismo instante. Creo que tenemos experiencia de como una palabra nos libera y nos hace más plenos. Y también de como una palabra nos hace entrar en la angustia, la tristeza y tomar conciencia de nuestra soledad. Las palabras no solo se escuchan, también duelen en lo más profundo del corazón. No solo resuenan en nuestra mente, sino que también nos liberan y nos abren a un horizonte cada vez más grande. ¡Cuánta fuerza en una palabra!


Ponerle palabras a lo que vivimos es un movimiento casi instintivo de búsqueda de respuestas, porque somos verdaderas incógnitas, misterios. Poner nombre nos permite poder controlar eso que vivimos y decidir que hacemos con ello. Por eso la palabra nos sana y nos estimula a seguir viviendo. Buscamos respuestas porque sabemos que las que tenemos no nos bastan. Y podemos llenarnos de palabras, pero no encontrar las respuesta a lo que verdaderamente buscamos: ¿de dónde vengo? ¿a dónde voy? ¿quién soy?


Hay una sola palabra que tiene esas respuestas. Y es la Palabra. Es la Palabra que se hizo carne. Es Jesús. Él es la única palabra que puede saciar nuestras preguntas. ¿y dónde encuentro a este Hombre que tiene la Palabra que responde a mis inquietudes? Y tenemos varias maneras, pero hay una muy especial y es la Palabra misma, con lo que podemos entrar en diálogo a través de las Sagradas Escrituras. Sí, la Biblia, la Palabra de Dios.


La realidad de pandemia en la que estamos caminando desde hace meses nos puso el desafío de aventurarnos a nuevos lugares donde encontrarnos con Dios. Y creo que uno de ellos es el encuentro con la Palabra en la Escritura. Además, como Iglesia diocesana soñamos con volver al Evangelio. ¿Eso es volver a leer Mateo, Marcos, Lucas y Juan? No solamente, es volver a encontrarse con Jesús de manera especial en su Buena Noticia.


En la Biblia Dios nos habla. Nos habla hoy, a nuestro aquí y ahora. Por eso, si no la soles tener muy presente, te invito a que la desempolves, a que te descargues una App para tenerla justo a Instagram, Tik Tok y WhatsApp. Y Léela. Léela con la confianza de que es Dios el que te está hablando. Léela como la declaración de amor más grande que te pueden hacer. Léela con la confianza de que tu vida, tu realidad, el mundo va a cambiar por ella.


Léela y pregúntate ¿qué dice?, ¿qué me dice? y ¿qué le digo?, y convertí tu lectura en encuentro, tu búsqueda en respuesta. Esto es lo que llamamos Lectura Divina de la Palabra de Dios y tiene una tradición muy grande en nuestra Iglesia.


Estamos cerrando septiembre, mes dedicado de manera especial a la Palabra de Dios, al encuentro con el mensaje de Dios en la Escritura. Anímate a volver a dialogar con Jesús presente en su Palabra y así poder poner en palabras lo que tu presente te regala.

Las palabras sueltas no nos dicen nada, sino van acompañadas de vida. Jesús es la Palabra viva, es la Palabra hecha carne (cf Jn 1, 14) en la que encuentro el reflejo, lo que necesito para conocerme y sanarme y así darme mejor a los demás.


Franco Daniel Zapaja

Seminarista diocesano.

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