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Un mismo Espíritu...


Cuando escuchamos hablar de que alguien tiene vocación, automáticamente viene a nuestra mente, “quiere ser cura o monja”. Hemos reducido una palabra tan hermosa a un ámbito pequeño, olvidando que todos estamos llamados a servir, y que es esta la mayor y más grande vocación de toda persona y el mayor compromiso de un bautizado.




La vocación no es más que tener un corazón atento a la voz de Dios y saberle responder con generosidad. Como dice san Pablo en la primera carta a los Corintios: “existen diversos dones espirituales pero un mismo Espíritu”, pues así sucede con la vocación, existen diversas vocaciones, pero un mismo Espíritu es quien las inspira. En la iglesia encontramos personas que tienen la vocación al matrimonio, otros a la vida en soltería y otros a consagrar su vida a Dios como religiosos, sacerdotes, consagrados, monja.


Este regalo de la vocación que a veces reducimos a una pequeña porción de personas, es el gran llamado que Dios nos hace de servirle, de servirle en el matrimonio, en la vida consagrada a dejarnos transformar para poder comenzar a ser comunidad.


La vocación a la vida sacerdotal, pues soy seminarista, la descubrí desde hace once años y desde ese momento empecé a madurar la idea y discernir hasta que decidí entrar al seminario donde continúo formándome para poder ser en medio del pueblo un signo de esperanza y de amor.


Poder decir “sí Señor, te escucho y abrazo tu llamado”, es un camino largo y a veces difícil, un camino que cada día y en cada momento se rehace. Es un camino que cuando crees tener las respuestas te cambian las preguntas, pero lo más hermoso de esta vocación, de este camino, es saber que tú sólo das el primer paso y es Dios quien se encarga de sostenerte y mantenerte andando. Porque la vocación al sacerdocio es una vocación plenamente de servicio y esta es mi mayor motivación para continuar adelante a pesar de días de cansancio y desanimo, porque estoy convencido que hay personas que no me conocen y a las cuales yo no conozco pero que me están esperando, aguardan por un sacerdote que les acompañe en la vida.


La vocación sacerdotal es un regalo que Dios hace a una familia, llamando a uno de sus hijos para que sea su voz en medio del mundo, sacándolo de su casa y haciéndolo desde una vocación de servicio hijo de la comunidad a la cual servirá.


A ti que quizás hoy te cuestionas qué hacer en tu vida o qué rumbo darle; no tengas miedo decirle sí a Dios, porque basta tu sí y lo demás lo pone Él, porque sólo se necesita dar un pequeño paso para comenzar una gran marcha. Dios llama a todos a servirle desde una vocación específica. Recuerda que nosotros sólo ponemos el sí, lo demás viene de Dios.

Porque un mismo Espíritu es quien anima la iglesia, inspira el deseo de servir y hace discernir en la vocación que siente. No tengas miedo a decir: “Aquí estoy Señor para hacer tu voluntad”.

Yoslan Rivera

Seminarista Diócesis de San Martín

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