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Nunca dejen de soñar

A pocos días de vivir como Diócesis, la dolorosa pérdida de nuestro querido obispo Miguel Ángel, nos parecía necesario dedicar este artículo a recordar a quien fue un pastor cercano y comprometido con los jóvenes y sus distintas realidades.





Solemos escuchar que recordar es “volver a pasar por el corazón lo vivido” y, sin duda, quienes lo conocieron deben guardar algún recuerdo, anécdota, palabra o gesto de este gran hombre de Dios. Por eso, te propongo leer esto intentando viajar a lo profundo de tu corazón para encontrarte con ese preciado regalo.


Lo primero que me venía a la memoria al recordarlo es aquella invitación que nos hacía en la Misa celebrada en la municipalidad, donde asumía la misión de caminar entre nosotros. Parafraseando al papa, nos impulsaba a no cansarnos nunca de soñar, porque hacerlo nos motiva a creer que lo imposible se puede hacer realidad, si se lo dejamos a Jesús. Lo decía con esa pasión que lo caracterizaba y que contagiaba adonde iba, pero no quedaba en simples palabras, sino que en este año y medio que nos cuidó, lo encarnó en todo lo que fue haciendo.


Soñó con una Iglesia que vuelva al Evangelio, contemplando primero el modo de Jesús antes de llevar a cabo cualquier iniciativa. Esa fue también su actitud, supo poner siempre la mirada y el centro en Jesús, buscando incansablemente la voluntad de Dios para nuestra vida como Diócesis.


Soñó con una Iglesia que se involucre con los que más lo necesitan, lo cual implica salir de uno mismo e ir hacia el hermano, dejar nuestra comodidad para “arremangarnos” y trabajar por los demás. Así fue como lo vimos constantemente, inquieto y buscando llegar a todos, en especial a los más pobres y sufrientes, a quienes supo reconfortar con su presencia y su sonrisa.


Soñó con una Iglesia que escucha y camina con la gente. Es inevitable no recordarlo viviendo esto. Caminando, en innumerables oportunidades, en medio de su gente y compartiendo un mate con quien se acercaba a hablar. Sin ir más lejos, como jóvenes, podemos recordarlo caminando y cantando con nosotros en “La Sole” (Corpus Christi) del año pasado.


Soñó con una Iglesia que desea anunciar a todos que Dios nos ama y quiere nuestra felicidad. Todos fuimos testigos de la alegría que sentía en las distintas misiones que hubo a lo largo del año pasado. Como el obispo disfrutaba ir casa por casa y dedicarle tiempo a quien lo recibía y deseaba charlar. No importaba si lloviera o estuviera soleado, para él la misión era algo para hacer.


Soñó con una Iglesia que se nutre de la amistad con Jesús, ya sea en la oración personal, ya sea en un retiro comunitario. Nos enseñó que siempre hay tiempo para encontrarnos con Jesús. Todos los que lo conocemos, sabemos que la liturgia era uno de los lugares donde Miguel Ángel disfrutaba vivir ese encuentro. Nos mostró una liturgia que es vida celebrada y compartida con otros, que está llena de signos que hay que aprender a leer y escuchar, que no queda en los ritos, sino que se vuelca en mi vida.


Soñó con una Iglesia humilde, sencilla y alegre. Tres notas que supo vivir en primera persona. Es imposible no verlo con guitarra en mano o cantando alegremente y disfrutando de una mesa de amigos y de hermanos con sencillez y alegría.

Soñó con una Iglesia que se anima a vivir la santidad. Fue un gran devoto del cura Brochero, y a partir de él nos enseñó que la santidad está en vivir lo cotidiano iluminados por Jesús y buscando llevar el amor apasionado que brota de Dios, a donde vayamos.


Soñó con una Iglesia que es ante todo una madre, que cuida a sus hijos con ternura y delicadeza. Sin dudas, tuvo siempre puesta la mirada en la Virgencita, aprendiendo de ella qué significa cuidar y encomendándonos a bajo su amparo.


Nos queda preguntarnos si estamos dispuestos a seguir soñando una Iglesia que transparente al Jesús que Miguel Ángel tanto amó y quiso anunciar con su vida entregada hasta el extremo… si estamos dispuestos a seguir construyendo una casa donde haya lugar para todos y donde la alegría sea el clima que reine… si estamos dispuestos a seguir aportando el espíritu joven que el obispo tanto animó y quiso recibir escuchando con un oído atento… Pero, sobre todo, tenemos que preguntarnos si estamos dispuestos a que todo lo que soñamos con él, se haga realidad. Eso es lo que él querría… que nunca dejemos de soñar, pero que también nos animemos a concretar esos sueños paso a paso… y lo hagamos pensando que somos una gran familia, en la que unos necesitamos de otros, que vive la fe de un modo creativo y poniendo a Jesús y al hermano en el centro.


Gracias Miguel Ángel por todas las enseñanzas que nos dejaste en tan poco tiempo; por dejar tu huella en nuestros corazones; por mostrarnos que el horizonte está en caminar juntos y escuchar; por encender en nuestros corazones la llama de los sueños y del obrar; por tu siempre “estar”. Te pedimos que nos sigas guiando desde la Casa del Padre y ayudando reunirnos en torno a Jesús.


Nahuel Sombra

Seminarista Diocesano

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