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Jesús, en el encuentro con nuestros hermanos


Porque hablar de misión en mi vida particular es hablar de mi propia vida, es hablar de camino, de renovación, de rostros pero por sobre todo, de encuentro. Hace poco más de quince años me acercaba a la puerta de la parroquia de mi pequeña ciudad de Marcos Paz para comenzar un camino que creo jamás tendrá fin. Cuando dicen que Dios siembra en tu corazón, te atrae y de a poco te va llevando, es verdad. Esa sensación la sentí cuando por primera vez comenzaba en un grupo parroquial. Recuerdo que, con sólo dos meses allí, nació una misión parroquial. ¿Misionar yo? No tenía idea, podía decir que ni conocía a Jesús pero, sin embargo, salía a contar mi simple experiencia de atracción. Y ahí descubrí la primera pista con la que quizás me caracterizo en mí día a día: misionar no sólo es llevar a Jesús, sino que Jesús te llegue por medio del otro. Pero este camino recién comenzaba.




Pasaron muchos años de simples y complejos llamados, de misiones diarias; y este año a diez años del fallecimiento del Padre Atilio Rosso no puedo dejar de recordar a la persona que marcó mi estilo de misión. Era por el año 2010 y conocí en Santa Fe a ese hombre alto, canoso, de caminar muy lento y, para ese tiempo, ya oía muy poco. A pesar de ello, una persona que sabía escuchar con el corazón y por sobre todo dar esas palabras justas. Conocí a Atilio celebrando de memoria la Eucaristía con un fervor sin límites, compartiendo en una tarde de sol alrededor de una mesa, sus increíbles años de la vida. Conocí a Atilio caminando por las calles de los barrios con la gente, jugando con los niños y escuchando a las madres en su soledad. Sólo una vez conversé con él, sentados en un gran parque. Yo estaba tan inquieto de dónde encontrar fácil a Jesús y él de la manera más simple, me contesta: "Busca en los rostros que más necesitan". Esa frase es la que hace diez años mi corazón llevo grabada en mi corazón. Comencé a comprometerme mucho más con las misiones en el Movimiento los Sin Techo que, si bien éste brindaba acompañamiento desde el lado social; nosotros intentábamos poner en eso el gran amor de Dios.


En el año 2011 comencé el profesorado en Ciencias Sagradas, descubriendo un nuevo camino dentro de este llamado de ser misionero. Empecé a formarme y al poco tiempo descubrí mi vocación docente y en ella un nuevo estilo misionero acompañado de la vocación de acompañar jóvenes en estos proyectos. Fui por primera vez a una misión en ámbito escolar, como acompañante y siendo testigo de lo que cada uno de esos jóvenes preparaban para llegar allí. Pero, como suele pasar en mi vida, cuando todo está tranquilo, Dios sacude y presenta un nuevo desafío. Comencé a coordinar el Grupo Misionero del Instituto Padre Elizalde, viendo cara a cara la vida, los corazones, las dudas, los miedos de cada uno de los jóvenes, la importancia de las familias, la preparación de los lugares para misionar. Me encontré allí con algo diferente, con algo que podía seguir haciendo constantemente en mi vida. Ser consciente de todo lo que cada uno de ellos dejaba atrás antes de subir al micro para ir a todos los lugares que fuimos, cosas materiales, afectos, familias, realmente me podía ver a mi hacía algunos años atrás. Me volví a encontrar con rostros que, aún hoy en día caminan conmigo en este gran llamado; descubrí la necesidad de acompañar jóvenes para que crezcan, para que caminen, para que se animen y simplemente, salgan de sí mismos para darse a los demás.


Dios siguió preparando por muchos años más mi corazón para intentar discernir lo que Él quería para mi camino. Siempre en mi vida fui una persona de dejarme guiar por Él, me llenó de experiencias, de preguntas de inquietudes, de misiones, de encuentros con otros y de encuentros conmigo mismo.


Si cuento las misiones que tuve en estos tiempos no me alcanzarían los dedos para contarlas; pero dudo que sea lo más importante. Menos aún me alcanzarían los dedos para contar los rostros de cada una de las personas que fueron Cristo en mi vida, que fueron testimonio de misión sin ellos saberlo. Como decía Atilio: "Anuncien la Buena Noticia, descubran al Cristo que camina junto a Ustedes. Está en aquellos enfermos, en los niños que sufren, en lo pobres".


Misionar sin dudas es salir de uno mismo para darse al otro pero no en grandes cosas sino en las pequeñas, en las cotidianas, en las simples, en aquellas que sabemos que nos cuesta un poco más. Porque quizás es más fácil armar un bolso y salir de nuestra realidad que armar una mochilita liviana y misionar al que tenemos al lado. Parafraseando la canción, la misión no es sólo un estilo de vida, sino la misma vida que sea da minuto a minuto a los hermanos.


¡Feliz mes de las misiones! Mes donde todo se multiplica, donde sin dudas se nos invita a hacer más lío de lo normal pero que además nos sirve para recargarnos de ese amor de Dios para darnos a los demás el resto de los meses del año, el resto de los años de nuestra vida.

Ignacio G. Álvarez

Docente catequista

Formación y Espiritualidad – Pastoral de Juventud

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