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Encuentro que da vida


Uno de los recuerdos de mi infancia que más frescos tengo es el de acompañar a mi mamá a trabajar. Jugar a ser secretaría haciendo trámites en colores y sellos con caritas. A eso de las diez de la mañana salíamos a hacer unas compras, siempre íbamos a la misma verdulería por la fruta para el postre. Ahí, en una de las paredes, había un gran cartel con cosas escritas que llamaba mi atención, más que nada, por un dibujo de una playa con un atardecer y pisadas en la arena. A eso de los seis años aprendí a leer y ese texto que acompañaba la imagen del cuadro hablaba de un hombre que le reclamaba a un señor, haberlo dejado solo en sus momentos más difíciles, guiándose por las pisadas en la arena. Pero el señor le explica que en realidad, fue en esos momentos difíciles donde él lo había cargado al hombre y por eso veía un solo par de pisadas. Él nunca lo había abandonado, sino que todo lo contrario.




Años más tarde, como a los once, comencé a participar del grupo de Acción Católica al que aún pertenezco. Acá me presentaron a Dios de muchas formas, una de ellas fue en forma de cuento. Uno de ellos, el mismo que yo leía siempre que íbamos a la verdulería con mi mamá. Ahí entendí quién era ese señor que cargaba a un hombre que tenía pensamientos parecidos a los míos, que era frágil como yo y que también le costaba reconocer a Dios en el camino. Y me pregunté ¿Será que él camina conmigo hace mucho tiempo y yo sin poder darme cuenta?

Tuve que tomarme la tarea de realizar mi línea de tiempo e identificar toda una vida de sucesos atravesados por la compañía amorosa y constante de un Dios peregrino que me guío en cada uno de mis pasos. Todas las experiencias, los aprendizajes, equivocaciones, el momento más feliz que viví y hasta el más triste. Las dudas y decisiones que me significaron un largo proceso de discernimiento. Todos pasos cargados de muchas cosas que aún tengo presentes con mayor o menor aceptación, pero están ahí, en mi línea de tiempo.

Mirando para atrás también pude notar un crecimiento muy significativo en mí: el de la fe. Una fe que se transforma hasta el día de hoy, que no es estática ni incuestionable, permitiendo así seguir reconociendo a Dios en el camino, de diversas formas.

El camino no siempre fue como lo es hoy ni tampoco lo va a ser así para siempre y es importante tener esto presente. Seguramente todos pasamos por momentos en los que recorrimos un camino en tinieblas, gris, llenos de incertidumbre, dudas, inseguridad; caminos como plena nueve de Julio: siempre a mil, casi en automático; caminos áridos, agrietados por cicatrices o por falta de lluvias que lo refresquen y nutran. O el mejor de todos: un camino soleado y abundante de vida, color, recorriendo nuestros mejores momentos.

Aceptar y abrazar los cambios contiene un factor clave a tener en cuenta: no estamos solos. La dirección de nuestro camino personal, inevitablemente se va a atravesar en el camino de algún otro y viceversa. Ahí es cuando en nuestro andar se genera un punto de encuentro. En este compartimos un fragmento de nuestras vidas, corto, largo o permanente, que dejará huella en nosotros, modificándonos de alguna forma.

En estos tiempos de camino difícil caracterizados por la distancia física, vayamos al encuentro en oración de quien nunca nos abandona, nos carga con su amor y nos asegura su presencia permanente brindándonos una vida abundante: el Señor.


Fátima Vidal - 20 años.

Acción católica

Parroquia Asunción y San Andrés

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