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El estudiante en la escuela católica


Cada 21 de septiembre, con la llegada de la primavera, celebramos un nuevo Día del/la Estudiante. Esta fecha se ha elegido en conmemoración al prócer Domingo Faustino Sarmiento, ya que ese mismo día, en el año 1888, sus restos fueron repatriados desde Asunción.


El que comenzara a festejarse, se debe a la iniciativa del por aquel entonces estudiante, Salvador Debenedetti que en el año 1902 propuso esta fecha, cuando era parte del Centro de Estudiantes de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires.

Más allá de los datos históricos, me resulta inevitable dejar de lado mi rol de educadora y pensar: ¿Qué sucede en el lugar que nos brinda la condición de estudiantes? ¿Cómo vivimos cada uno de sus miembros la espiritualidad dentro de él? ¿Cómo es el encuentro con Cristo por medio de la escuela?





Cabe aclarar que no me refiero al espacio físico, sino a ese lugar de encuentro entre diferentes personas con ideas muy diversas, que nos permite cumplir con nuestra dimensión humana. Porque no podemos dudar que el hombre necesita, por naturaleza, la vida social. Y esta institución, es por excelencia, uno de los lugares más indicados para “ser con el otro”.

La identidad de cada escuela católica es particular, pero hay algo que las une y es esa misión evangelizadora, que traspasa cada obstáculo que pueda presentarse a lo largo del tiempo.


En mi opinión, y luego de leer varios artículos sobre este tema, a lo largo de toda mi formación como docente y catequista parroquial, la concepción católica de las escuelas debería dar prioridad a la conversión personal y a esa “transformación” interna. Es decir, no buscar de manera directa efectos externos, ya que considero que al vivir el Evangelio en cada uno de nuestros corazones, éste saldrá a la luz a través de las distintas obras que llevaremos a cabo.


Pienso en todo lo que he aprendido en mi rol de estudiante, a través de las diferentes propuestas de las cuales participé, como lo han sido los proyectos solidarios, las misiones y también los intercambios con otras escuelas misioneras. Pero también llegan a mi mente los momentos compartidos con compañeros, profesores, sacerdotes y personal no docente. Es que, además de lo aprendido en cada hogar, en esta institución nos formamos en valores como la solidaridad, el respeto y el compromiso social. Y es así como el Evangelio se hace carne en cada espacio de nuestra vida.


No podríamos negar que “existe una semejanza entre la unión de las personas divinas y la fraternidad que debe haber entre los hombres, porque el amor al prójimo es inseparable del amor a Dios.”[1] Por lo cual, en mi relación con el otro, es cuando me acerco y vivo ese amor.

Quizás, hoy no podamos encontrarnos físicamente con cada miembro de la escuela, pero a través de un mensaje, una llamada o un encuentro virtual, el ser estudiante puede resultar aún más significativo que ayer. Es un buen momento para revalorizar el rol de esos jóvenes, que se comprometen, más allá de cada circunstancia, a vivir y anunciar con la alegría y el entusiasmo que tanto los caracteriza, la Buena Noticia.

Ludmila Medina Peterlin.

Docente.

Misioneros Parroquiales – Pastoral Juvenil Vocacional Murialdina.

[1] Breve Catecismo para adultos y jóvenes. Editorial Claretiana, Buenos Aires, Argentina, 2004.

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